Intervenciones sobre la conducta

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Intervenciones sobre la conducta


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Las intervenciones sobre la conducta pretenden mejorar el rendimiento escolar reduciendo las conductas problemáticas. Este artículo aborda estrategias dirigidas a reducir la existencia de distintas conductas, desde interrupciones de menor importancia a agresividad, violencia, acoso escolar, consumo de drogas y actividades antisociales en general. Las intervenciones se pueden dividir en tres categorías principales:

  1. Metodologías para desarrollar valores escolares positivos o mejorar la disciplina en el conjunto del centro, cuyo objetivo también es promover una mayor implicación en el proceso de aprendizaje.

  2. Programas universales que tratan de mejorar la conducta y que suelen desarrollarse en el aula.

  3. Programas más especializados que van dirigidos a estudiantes con problemas conductuales específicos

Otras metodologías, como los programas de participación de la familia y de aprendizaje emocional y social, a menudo se asocian a mejoras en la disciplina o los valores escolares, pero no se incluyen en este artículo, que se limita a intervenciones centradas directamente en la conducta.

Impacto

Evidencias internacionales

Las evidencias sugieren que, de media, las intervenciones sobre la conducta pueden aportar mejoras moderadas en el rendimiento académico, además de una disminución de las conductas problemáticas. Sin embargo, los beneficios estimados varían mucho entre las distintas categorías de programas descritos anteriormente. Los efectos son mayores en intervenciones específicas adaptadas a determinado alumnado con necesidades o problemas de conducta concretos que en intervenciones universales o estrategias dirigidas a todo el centro. Las metodologías centradas en la conducta en el centro suelen estar relacionadas con mejoras en el rendimiento escolar, pero no existen evidencias que demuestren que las mejoras se deban realmente a las intervenciones sobre la conducta, en lugar de a otras intervenciones escolares que se produzcan al mismo tiempo. Los programas de participación familiar y comunitaria suelen asociarse a mejoras en la disciplina o valores del centro y, por tanto, merecen ser considerados como alternativas a las intervenciones directas centradas en la conducta.

Parece que otras metodologías, como mejorar la gestión de la conducta por parte del profesorado y las habilidades cognitivas y sociales del alumnado, tienen la misma eficacia.

La mayoría de estudios describen un mayor impacto en alumnado de mayor edad. Existen ciertas evidencias anecdóticas sobre los beneficios de reducir la conducta problemática del alumnado conflictivo en el rendimiento escolar del resto de la clase, pero se trata de una dimensión poco estudiada en las evaluaciones de programas conductuales.

Evidencias en España

​​​​​​​Los estudios realizados presentan evidencias fragmentadas tanto en objeto, como en  muestra y aproximación analítica, ya que hay una gran variedad de focos de interés ligados a diferentes problemáticas conductuales. Este hecho tiene que ver con que las investigaciones en España se han centrado en evaluar los indicadores de éxito de programas de intervención, aunque en la mayoría de los casos sin un enfoque experimental.

Un gran número de las investigaciones se centran en valorar programas de mejora del clima escolar o prevención y atención de la violencia entre iguales. En los últimos años también ha cobrado interés el estudio de género y la violencia machista.

En este ámbito de estudio se encuadra la tesis de Robles (2009), que analizó un programa de entrenamiento de padres para la intervención sobre conductas disruptivas en el contexto escolar. Los análisis evidenciaron que los padres que participaron en el programa disminuyeron el empleo de castigos, tendieron a fortalecer la conducta apropiada, concedieron más importancia a la realización de actividades con el hijo/a y a su rendimiento escolar, y mejoraron en su capacidad para enfrentarse a situaciones conflictivas. Respecto a las dificultades conductuales, los resultados manifestaron una reducción significativa de los problemas de comportamiento informados por los padres, así como un descenso significativo del número y severidad de las situaciones problemáticas.

Por su parte, la investigación de Peñalva et al. (2015) puso su foco en analizar cómo un programa de intervención puede cambiar la percepción sobre el clima escolar y, específicamente, del profesorado. En dos de las seis dimensiones exploradas (implicación/compromiso y cohesión) el profesorado que implementó el programa mostró una diferencia estadísticamente significativa respecto al profesorado que no había implementado el programa. Se resaltó, no obstante, que en ambos centros la dimensión peor valorada era la cohesión. Se señaló que, aunque un proyecto conjunto y participativo tenía su efecto sobre esta dimensión, promoverla por encima de las demás dimensiones requería de medidas específicas.

En la misma tendencia de análisis sobre programas de intervención para mejorar el clima escolar, se encuentra el estudio de Carrasco et al. (2015). Los resultados mostraron que el clima social del aula mejoró significativamente en las clases del alumnado intervenido, aunque no lo hizo el clima social del centro. En segundo lugar, los resultados mostraron que no disminuyó significativamente la violencia sufrida ni la violencia observada, aunque se observó que el centro intervenido no sufría problemas de violencia, ni tampoco el contexto del centro era problemático, lo cual podía explicar que las puntuaciones no hubieran variado entre el pretest y el postest.

Por último, la investigación de Martínez (2016) se centró en recoger los datos necesarios para reorientar la autoconciencia del alumnado con la finalidad última de una intervención sobre violencia de género en un centro educativo de Secundaria. En el grupo experimental se evidenció una disminución significativa en todas las dimensiones, especialmente en las creencias sexistas de roles y sexismo benévolo, tras la aplicación de los módulos de intervención. Los resultados obtenidos referentes al autoconcepto también mostraron un aumento significativo en todas las dimensiones, especialmente a nivel físico, familiar, académico y social. La dimensión en la que se no se observó un aumento significativo fue en el autoconcepto emocional: la intervención no mostró un cambio eficaz en la percepción del estado emocional del sujeto y de sus respuestas a situaciones específicas.

¿Qué eficacia tiene?

Las evidencias sugieren que, de media, las intervenciones sobre la conducta pueden aportar mejoras moderadas en el rendimiento académico, además de una disminución de las conductas problemáticas. Sin embargo, los beneficios estimados varían mucho entre las distintas categorías de programas descritos anteriormente. Los efectos son mayores en intervenciones específicas adaptadas a determinado alumnado con necesidades o problemas de conducta concretos que en intervenciones universales o estrategias dirigidas a todo el centro. Las metodologías centradas en la conducta en el centro suelen estar relacionadas con mejoras en el rendimiento escolar, pero no existen evidencias que demuestren que las mejoras se deban realmente a las intervenciones sobre la conducta, en lugar de a otras intervenciones escolares que se produzcan al mismo tiempo. Los programas de participación familiar y comunitaria suelen asociarse a mejoras en la disciplina o valores del centro y, por tanto, merecen ser considerados como alternativas a las intervenciones directas centradas en la conducta.

Parece que otras metodologías, como mejorar la gestión de la conducta por parte del profesorado y las habilidades cognitivas y sociales del alumnado, tienen la misma eficacia.

La mayoría de estudios describen un mayor impacto en alumnado de mayor edad. Existen ciertas evidencias anecdóticas sobre los beneficios de reducir la conducta problemática del alumnado conflictivo en el rendimiento escolar del resto de la clase, pero se trata de una dimensión poco estudiada en las evaluaciones de programas conductuales.

Coste

Los costes dependerán en gran medida del tipo de intervención. Las intervenciones sobre la conducta llevadas a cabo por el profesorado son las menos caras (probablemente, el único coste sea el derivado del desarrollo profesional continuo y relevante de los docentes), pero también las menos eficaces. El apoyo particular es más caro, pero más eficaz (alrededor de 30 € por hora, o 450 € por estudiante por 15 sesiones). El coste que aquí se muestra hace referencia al coste de intervenciones más intensivas. Los costes totales se han estimado como moderados.

¿Qué debes tener en cuenta?

    Antes de implementar esta estrategia en un entorno educativo, se debe tener en cuenta lo siguiente:

    1. Las intervenciones específicas dirigidas a estudiantes con un diagnóstico de trastornos emocionales o conductuales, o en riesgo de padecerlos, tienen mayores efectos.

    2. Los programas con una duración de dos a seis meses parecen ofrecer resultados mucho más duraderos.

    3. Las grandes diferencias observadas en el impacto sugieren que los centros deberían buscar programas que cuenten con una trayectoria probada de efectos.

    4. ¿Se ha planteado qué tipo de formación y desarrollo profesional se necesita para los programas que se planea poner en marcha?

    5. ¿Se ha analizado cómo se puede implicar a la familia o a las comunidades en los programas conductuales? Esta medida parece aumentar el impacto.

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