¿Qué es un concierto?
Si queremos escuchar música, lo podemos hacer por YouTube o Spotify, o bien podemos poner un CD, o escuchar nuestra selección musical en un aparato reproductor de MP3. Pero no hay nada comparable con la experiencia de escuchar música en directo. La sensación de ver y sentir cómo se produce la música delante de nosotros es muy especial. El escuchar un violín o una soprano en directo siempre nos atrapa y nos sorprende. Cuando escuchamos música en vivo podemos apreciar detalles que no nos es posible notar en un CD, como ver la expresión de los intérpretes, cómo se tocan los instrumentos y, quizá lo más importante, sentir la comunicación que se establece entre los músicos y el público.
Cuando vamos a un concierto, normalmente lo hacemos porque nos apetece escuchar aquella música y nos hace sentir mejor. No es necesario que seamos entendidos en música, ni tener estudios de esta disciplina. Únicamente nos tenemos que sentar en la butaca con el objetivo de pasar un buen rato. El concierto es el mismo para todo el mundo, pero cada persona lo percibe de una forma distinta. Unos se pondrán contentos, a otros les parecerá nostálgico, puede ser también que nos aburramos, que no entendamos nada o que, sencillamente, no nos guste.
¡No pasa nada!
Por suerte, todos somos distintos, y existen tantas formas de escuchar la música como personas hay en el mundo... ¡y lo mejor de todo es que todas las formas son buenas!
Los secretos de un concierto
En ocasiones, podemos tener la sensación de que ir a un concierto de música clásica es algo reservado a entendidos y especialistas. Pero, de hecho, puede resultar más fácil que ir a ver un partido de tenis, donde necesitaremos conocer las reglas del juego para saber cómo va el partido. Lo único que tenemos que hacer para ir a un concierto es escuchar.
Cuando estamos en una sala de conciertos, debemos actuar con naturalidad y sentido común. Hemos ido a escuchar música, y la música necesita silencio. Por lo tanto, el público evitará todo tipo de ruidos que puedan molestar tanto a los intérpretes como al resto del público. En un teatro o un cine, si la gente habla no podemos seguir lo que pasa en la pantalla o en el escenario. Sin silencio no hay música. En un concierto, los músicos ponen la música, y el público, el silencio. A los músicos les encanta notar que el público está escuchando y disfrutando, y una de las formas que tienen de notarlo es con el silencio de la audiencia. Músicos y público comparten un espacio común (una sala de conciertos) para tener una experiencia musical.
En un concierto, normalmente primero aparece la orquesta, y el público aplaude en señal de bienvenida y reconocimiento. Entonces el concertino, que es el primer violín y, al mismo tiempo, la persona que hace de ayudante del director dentro del conjunto, se levanta y empieza a tocar una nota de referencia para que la orquesta pueda afinar. El acto de afinar es muy delicado y requiere mucha atención por parte de los músicos. El público escuchará con atención y silencio aquel sonido característico de la orquesta afinando.
Una vez los instrumentos están afinados, sale el director, que es recibido con aplausos mientras saluda al concertino y al público. Entonces se gira hacia la orquesta y ya estamos a punto para empezar. Seguramente, una de las preguntas que siempre nos hacemos en un concierto de música clásica es:
¿Cuándo aplaudimos?
La respuesta es sencilla: cuando acaba la pieza que estamos escuchando.
En una obra como El Mesías, formada por muchos números (unos 50), si aplaudiésemos al final de cada fragmento pasarían dos cosas: la primera es que los aplausos no nos dejarían percibir toda la obra como una unidad, sino que iría interrumpiéndose, y la segunda es que 50 aplausos a 30 segundos por aplauso nos da un total de 1.500 segundos o, lo que es lo mismo, ¡25 minutos solo de aplausos! Quizá demasiado, ¿no os parece?
Por eso en la música clásica se aplaude al final de la obra. Si tiene varias partes, nos esperamos hasta el final. Si en el concierto hay intermedio, entonces se aplaude al final de la primera parte. Para saber cuándo se acaba cada parte, podemos consultar el programa del concierto. Si no, lo podremos notar en la actitud del director y de los músicos, que se van relajando. También en la del público: si nadie aplaude, es que aún no se ha acabado, ¡aunque pueda parecerlo!
Lo más divertido es que la costumbre de aplaudir al final de la obra es relativamente nueva, y en tiempos de Händel, Mozart o Rossini el público no tan solo aplaudía cuando quería, sino que gritaba y se quejaba sin ningún tipo de vergüenza. En el caso de El Mesías, es frecuente que al final del «Hallelujah» la gente aplauda, aunque todavía quede toda una parte de concierto. Pero, ¿quién es capaz de quedarse quieto sin aplaudir después de escuchar la fantástica y potente música del «Hallelujah»?
Además, en muchos países existe la costumbre de ponerse de pie cuando suena el «Hallelujah». Se dice que esta tradición empezó cuando El Mesías se estrenó en Londres (aunque otros dicen que es una invención del imaginario popular). Parece ser que el rey Jorge II se levantó en el momento del «Hallelujah», y todo el público hizo lo mismo al instante. No se sabe si se emocionó, si se levantó en referencia al texto «King of Kings» («Rey de reyes») o, sencillamente, si le dolían las piernas y necesitaba estirarlas...