

Con grandes excesos en la utilización de los aromas, los romanos adoptaron la costumbre griega del uso de los perfumes.
La pasión por los aromas llegó a tal extremo, que tanto hombres como mujeres tomaban baños de perfume, metían en sus camas pétalos de rosas, aplicaban perfumes de diferentes aromas a cada parte del cuerpo, empapaban en fragancias las ropas y los muebles, e incluso llegaban a perfumar a los caballos y las mascotas tres veces al día. ¡Hasta brotaba agua perfumada de las fuentes!

