Actualidad EduCaixa - 2020-09-14

Recuperar el vínculo emocional con la escuela

La prioridad del curso 2020/21


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¿Cómo será la vuelta a las aulas? Esta pregunta, que suele centrarse en cómo recibirá la escuela al alumnado, encierra una incógnita aún mayor: ¿cómo volverán los alumnos a las aulas? 

 

Aún se desconoce cómo el confinamiento ha afectado socioemocionalmente a los niños y a los adolescentes. Será en la escuela donde aflorarán esos efectos de manera más visible por ser el lugar donde todos los menores se reencontrarán con sus iguales ―cara a cara, día a día― y, además, con la autoridad de los docentes, las rutinas escolares, las normas de convivencia...

 

Los expertos prevén que el alumnado que llegará a las aulas será mucho más heterogéneo que antes, de acuerdo a la diversidad de circunstancias familiares que han vivido en los últimos meses y a la manera particular de interiorizarlas. Para muchos, la escuela será un arduo regreso a la disciplina y los límites; para otros, una bocanada de aire fresco y de libertad.

 

Psicólogos y orientadores han advertido que, en los centros educativos, habrá que prestar una atención extraordinaria al desajuste emocional que se van encontrar, y a la posible pérdida de habilidades sociales y de convivencia entre los menores después de seis meses sin pisar la escuela. También a la pérdida de los hábitos escolares que conectan la escuela con el aprendizaje. El miedo al contagio ―de alumnos y familias― será otro factor que habrá que tener en cuenta.

 

Pero, por encima de todo, hay una cuestión crucial: el vínculo emocional con la escuela. Sin este, será difícil retomar los hábitos de atención y superación necesarios para aprender, e interiorizar unas normas de convivencia y cooperación que contribuyan al bienestar de toda la comunidad educativa.

 

Hay quien dice que el primer trimestre del curso 2020-2021 debe estar enfocado a reconstruir ese vínculo del alumnado ―y de las familias― con la escuela, e incluso a que sea el objetivo prioritario del curso 2020-2021.

 

Los altos niveles de abandono que ya existen y la facilidad para tirar la toalla en situaciones de alta vulnerabilidad ―que los propios docentes han podido comprobar durante el confinamiento― no hacen sino reforzar esa tesis. Restar importancia a esa reconexión emocional con la escuela o dar por hecho que es algo que volverá de manera natural con la obligación de asistir a clase puede tener consecuencias indeseables en términos de fracaso y de abandono temprano del sistema.

 

Hay suficientes evidencias de que el vínculo emocional con la escuela es determinante en el desempeño académico del alumnado, y de que mejorando el primero se consigue mejorar el segundo. Investigaciones sobre diferentes programas, llevados a cabo sobre todo en EE. UU. y Reino Unido, lo han demostrado desde hace años. Nos hemos hecho eco de ellas en EduCaixa. También hay constancia de que  los programas dedicados a fomentar la implicación de las familias en la escuela y en el trabajo escolar de sus hijos tienen efectos positivos sobre el rendimiento académico.

 

Por eso son muchos los centros educativos que, antes de hacer cualquier evaluación de diagnóstico sobre el nivel académico en septiembre, consideran prioritario hacer una evaluación emocional y motivacional. Tomar nota de las fortalezas y las debilidades de cada alumno y de cada grupo en ese sentido es clave para articular su aprendizaje a lo largo del curso. Trabajar la mejora del bienestar personal y la autoconfianza, pero también el fortalecimiento de la identidad de grupo y del trabajo en equipo, se presentan como desafíos clave para el profesorado y para abordar cualquier plan de trabajo posterior.

 

Más allá de las consecuencias a medio y largo plazo sobre el aprendizaje de esta “generación COVID-19”, hay que tener en cuenta que su bienestar en la escuela condiciona directamente el desempeño del profesorado en su día a día en el aula. Sabemos que sin emoción no hay atención. Y si no hay ni una cosa ni la otra, es fácil para el docente entrar en una deriva de desmotivación.

 

Por ello, la atención al bienestar del profesorado es otro punto de partida clave para el curso que viene. La pandemia y el confinamiento también han afectado a los docentes, y también ellos precisan empatía y acompañamiento emocional ante el que, probablemente, sea el curso más difícil de su carrera. El docente no puede sentirse solo y ahí, en su acompañamiento, es donde entra en juego la importancia de un buen liderazgo educativo.

 

Este curso 2020-2021 será el de la escucha, la empatía y el apoyo: de directivos a docentes, de docentes a alumnos y familias, de familias a docentes, entre los propios docentes y entre los propios alumnos. Practicarlo supone un gran esfuerzo por parte de todos y, sin duda, depende del impulso de los equipos directivos. Pero es un esfuerzo que dará sus frutos.

 

Solo juntos podremos superar este curso tan anclado en las emociones y afrontar los nuevos desafíos que nos aguarden.

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